sábado, 4 de agosto de 2018

Rosas, cumpleaños y lluvias de verano


Existen una infinidad de maneras de disfrutar el verano: quedarse en casa tomando el Sol, ir a la playa de tu ciudad a tomar el Sol, ir a la playa de la ciudad de al lado a tomar el Sol o no tomar el Sol porque el verano te da grimilla.

Siento decir que el verano, para mí, es una de aquellas etapas en las que no suele pasar nada bueno: comer mal, a destiempo, beber mucho e hidratarse poco, pelarse cual lagarto y correr el gran riesgo de toparse con el Sol y sus rayos radioactivos de cara en pleno mediodía.

Siempre toda la ilusión comienza a partir de septiembre, mes en el que los días nublados suelen ser más abundantes y las lluvias comienzan a asomarse por los patios de algunos despistados que siguen apurando la sangría que no se terminaron en agosto. Temporada en la que las noches suelen refrescar más y los jerséis finos empiezan a volver a ocupar la silla del escritorio, que más que silla acostumbra a ser el armario de las cosas que te sueles poner más a menudo.

Aquellos días en los que decides que ya es hora de empezar a sacar el edredón porque aunque vayas a dormir desnudo igual, la tela fresca por la bajada de temperaturas durante la noche es sinónimo de un abrazo cariñoso después de un largo día.

El llegar a casa después de trabajar y calentarte un té, una sopa, una bañera. El calor de la estufa y de los abrazos. El volver a notar la nariz después de una severa congelación y las ganas de escaparse a rincones nevados.

Tenía muy claro que durante estos meses de verano anhelaría aquella temporada. Viviría enganchada al calendario, poniendo una cruz a cada día que pasaba, deseando que llegara mi cumpleaños, porque eso significaría que sólo quedarían 29 días más para acabar oficialmente agosto.

Pero de nuevo hay ocasiones en las que el viento cambia su rumbo. Ya no existe aquella brisa caliente que agita algún que otro mechón cuando el Sol se va por el día. Ya no hay más “baja la ventanilla, que hay airecillo”, ya no hay más moverse al son del ventilador para no perderse ni uno de sus suspiros calientes que te cagas.

De repente hace Sol, y llueve, y nieva, y vuelve a hacer calor. Que aunque en tu entorno vivas en verano y la temperatura y clima sean exactamente lo mismo día tras día, en tu cabeza se acontece otra estación que todavía no se ha descubierto, viviendo fenómenos naturales con sus correspondientes catástrofes con quien todavía nadie ha dado. Catástrofes que, tal y como su propio nombre indica, destruyen y absorben todo lo que se encuentra en su camino pero que, a simple vista, son lo más maravilloso que jamás podrías llegar a creer que verías.

Y con el transcurso de los días te das cuenta de que aquellas catástrofes cada vez ocupan más lugar en tu cabeza, que cada vez las admiras más y que, de alguna manera, cada día sientes más necesidad de verlas hacer su magia, siguiendo su curso incontrolable, fieles a su propia naturaleza. Y el verano cambia de color. Te sigue dando asco ir a la playa pero la sensación es muy distinta. Ya no ahoga, el ventilador ya no molesta y el pelo en la cara por la brisa ya no importa. Porque te das cuenta de que es como debe ser. De que es como siempre debería haber sido.

Solemos cometer el error de pensar que podemos ser capaces de predecir cuándo vendrá la tormenta sólo porque se está empezando a nublar, sin tener en cuenta que estas nubes no tienen por qué traer agua con ellas, así como pensar que es sólo durante los meses de invierno el momento en el que puede ocurrir la magia solo porque es la estación del año favorita. Y lo cierto es que la magia es magia porque simplemente sucede. Porque no lo esperas y porque, al igual que cualquier catástrofe natural, revuelve tus entrañas sin tener mucha idea de qué exactamente sentir al respecto.

Y supongo que ahí está la gracia. Parar de pensar en la tormenta y dejar que la lluvia caiga sobre nuestros hombros, de mirar la previsión del tiempo y dejarnos arrastrar por el huracán, sintiéndolo de cerca y temiéndolo. Tenerle miedo pero quedar maravillados por su grandeza a la vez.

Y dejarnos llevar. Dejarnos llevar porque hay cosas que por mucho que nos empeñemos en controlar, se escaparán siempre de la punta de nuestros dedos. Y tal vez es como debe ser. Tal vez es como siempre debería de haber sido.


¡Pasta la vista, babies!💋



Lai

viernes, 6 de julio de 2018

Canciones que siguen sonando


Alguien una vez me contó acerca de la Leyenda del Hilo Rojo, que hablaba sobre que aquellas personas que estuvieran unidas por un hilo rojo invisible estaban destinadas a estar juntas, sin importar cómo de lejos o cómo de difícil sería conseguirlo. Porque aquel hilo no se rompería jamás.

Y me lo creí. Me lo creí hasta tal punto de poder llegar a sentir que todo lo que ocurre a nuestro alrededor, aunque parezca mentira, es un pequeño empujón más para llegar a aquella persona.

Con el tiempo entendí que estas cosas no sólo ocurren con quien estamos destinados a encontrarnos, sino con todo lo que configura nuestro “yo”. Todo aquello que vivimos, todas aquellas experiencias que adquirimos, es aquello que va a acabar constituyendo nuestra esencia, y por eso mismo creo que todo aquello que ocurre es porque tiene su motivo de ser, y que todo lo malo es para que lo bueno sea también.

Muchas veces la vida tiene esta tendencia caprichosa de alejar de nuestro alcance lo que creemos que nos hace bien y que nos llena y la maldecimos hasta llegar al punto de dejar de creer, de sentir que estamos destinados a morder el polvo, pensando que todo lo bueno que nos ocurre no tiene sentido si algo malo va a venir después.

Pero, ¿qué pasa cuando el destino te devuelve aquello que te ha sido arrebatado y es incluso mejor de cómo fue cuando una vez lo tuviste?, ¿qué pasa cuando lo nuevo resulta tan familiar que hasta estremece?, ¿qué podemos darle al destino más allá de las gracias? Cuando creías que no volverías a escuchar jamás una canción que se pausó hace años, pero de repente vuelve a sonar y recuerdas que era tu favorita, ¿dónde quedan las ganas de dejar de creer en la magia?

 “Dios aprieta, pero no ahoga”, dicen. Si bien no me considero una persona demasiado creyente, sí siento que existe un algo que nos acaricia el hombro de vez en cuando y nos dice algo como: “venga, hombre, que tampoco es para tanto”.

Y tal vez no lo sea. Tal vez nos empeñemos tanto en ver que las cosas no están saliendo como planeamos que no vemos que lo que tenemos delante es incluso mejor de lo que podríamos llegar a esperar y que la vida no gana nada haciéndonos miserables, que cada uno siembra lo que cosecha y, si algunas temporadas son más flojas que otras, tal vez sea porque necesitamos un poco más de tiempo y de dejar que la tierra se amolde bajo nuestros pies.

El tiempo pone a cada uno en el lugar al que pertenece, que si todo fuera tan fácil como buscar y encontrar perderíamos gran parte del motivo que nos hace vivir en lugar de existir y que las cosas siempre tienen su modo de operar e influir en todo aquello que nos rodea. Creo que la vida debe mover todos los colores antes de sentarnos al lado del rojo, que los hilos se entrelazan entre sí y que, hayas cosechado poco o no, jamás dejarás de tener algo para comer.

¡Pasta la vista, babies!💋


Lai



lunes, 25 de junio de 2018

Pinturas y encuentros



Una vez leí que Van Gogh solía ingerir pintura amarilla porque la asociaba como un color alegre, con el pensamiento de que, de esta forma, el brillo del color pudiera hacerle brillar a él también.

En ese momento le juzgué, y lo primero que hice fue echarle la culpa a la ausencia de su cordura, pero, ¿acaso no hacemos nosotros lo mismo? El alcohol para olvidar, las drogas para salir de la cárcel en la que creemos que estamos retenidos… las personas para que nos hagan lo felices que no somos capaces de hacernos a nosotros mismos.

Nos aferramos a las cosas que nos hacen sentir bien, por muy tóxicas que puedan resultar, porque simplemente no somos capaces de ver más allá. O no queremos. Nos aterra el hecho de que, si seguimos caminando, podríamos llegar a encontrar algo más sano, algo mejor, algo que nos llene y nos haga crecer porque, al mismo tiempo, podríamos no llegar a encontrar nada.

Sin entender que nada, también es algo bueno.

Cuando no encuentras nada lo único que te queda eres tú. Y tú eres más que suficiente. Vivimos a base de códigos, de hábitos, de pilotos automáticos. Las cosas que son buenas, son buenas, y las cosas que son malas, malas, cuando jamás es así. Todo es relativo en los ojos de quien busca ver más allá, y tenemos que aprender a entender que lo que tiene que ser, será y lo que no ha podido ser, es porque no debía de haber sido, por mucho empeño y deseo que hayamos depositado en ello. Porque a veces es mejor así y, porque a veces, sólo con el esfuerzo invertido ya basta para hacernos mejor de lo que éramos cuando empezamos.

Que no hay vidas nuevas en los años nuevos, que vas a arrastrar contigo la misma vida que llevabas el año anterior, la misma mierda, las mismas personas, tu mismo cuerpo. Los propósitos de enero no sirven para nada. Los lunes no son una mierda porque es el primer día de la semana. Los días de lluvia no son días tristes. Pasar un San Valentín soltero no es porque estás solo.

No es por ponerme en plan ONG, pero si sólo fuéramos conscientes de cuánta gente desearía estar en el lugar en el que te encuentras sólo porque te estás levantando un lunes de mierda para ir a trabajar… la mala suerte sólo existe para aquellas personas que no son capaces de afrontar su futuro y mucho menos encararse a su presente.

Y da miedo. Da miedo pararte a pensar que igual te levantarás el día de tu 80 cumpleaños pensando que llevas ocho décadas en este Planeta y lo único que has hecho ha sido quejarte de la mala suerte que has tenido en la vida y de lo miserable que te has sentido siempre habitando en tu propia piel. Que lo único que querías era ser feliz y vivir una vida plena, pero que todo acabó cuando te terminaste tu pote de pintura amarilla y no tuviste el valor de levantarte e ir a por más. 


Pasta la vista babies!💋


Lai.



miércoles, 26 de abril de 2017

¿Brindamos?

“Sí, sí”, dices. “Todo bien, todo en orden.”

Pero está de todo menos en orden. De hecho, no está nada bien, y cuanto más jures estarlo más te agrietas por dentro.
Al principio es muy llevadero, la presión en el pecho casi ni se nota y todavía quedan algunos pensamientos que te dicen que sólo es una mala racha. Pero se pone peor. Las cosas suelen ir siempre a peor si no se tratan.

Al cabo de un tiempo, cualquier cosa mala que te suceda es un abismo. La presión en el pecho se siente casi como una pelota de acero hundiéndose en el esternón y los pensamientos positivos cada vez son más escasos.

Sabes que las cosas en el fondo no te van tan mal, pero hay también algo que te dice que sí. Que todo va peor de lo que te imaginas, que todo el mundo acaba por irse y que eres lamentable. Y ese “algo” gana la batalla en la mayoría de los casos.

La presión en el pecho se vuelve algo palpable y sientes que cada vez tienes menos aire, que tu cabeza va mucho más rápido de lo que puedes llegar a soportar y que la montaña de negatividad llega a su cumbre. Y pum.

Y a esto se le llama ansiedad. Más popular que Christian Grey, si cabe.

Suele ser frecuente en personas que tienen puestos de trabajos estresantes, estudiantes que estudian y trabajan y no llegan, gente que por el motivo que sea no lo está teniendo fácil… y adolescentes, porque simplemente ven que no encajan. Y esto se supone que ahora es lo normal. Tener 15 años y más ataques de ansiedad que amores platónicos.

Yo no he encajado. Yo he tenido ansiedad. Yo te digo que, a diferencia de Ikea, de aquí, sí se sale.

Si tuvieras la oportunidad de abrir una barrera espacio-tiempo, y pudieras reencontrarte con tu “yo” de 5 años, ¿qué le dirías?, ¿cómo reaccionarías? Probablemente habrían más “no escojas esta carrera, no te enamores de, no vayas con,…” en lugar de “eres increíble con los idiomas, no te rindas nunca”.

Una de mis chicas dijo que se diría a ella misma algo que probablemente se me vaya a quedar más marcado que la pintura de un tatuaje: “Vuélvete loca, que luego la gente se vuelve muy seria.”

¿Y si ese es el problema? La sociedad nos obliga a madurar demasiado rápido, tenemos millones de cosas que decir pero nos hacen callar para que puedan hablar los mayores. Hemos llegado a un punto que llorar en público es de débiles, pero no querer expresar lo que se lleva dentro es de retraídos. Todo mal.

Es muy triste hacer de tu vida una cárcel, de verdad. Hacer de lo negativo tu zona de confort es el mayor error del mundo porque no es real. Si bien la realidad es algo relativo, porque cada uno tiene la suya, vivir en un mundo donde predomina el negro no es ni sano, ni cierto, ni te va a llevar a ninguna parte.

Tu mundo va mucho más allá de todo lo que puedes llegar a ver. Si sientes que no eres aceptado, tal vez te estás diciendo a ti mismo que quienes te rodean no son los tuyos, que donde vives no es dónde vas a formar una familia o que te estás pidiendo ayuda a gritos de una forma que no consigues entender.

¡Y está bien! No hace falta tenerlo todo solucionado. Nadie lo tiene. Las cosas cambian. Tú cambias y no pasa nada. Si crees que lo que realmente te apetece es una copa de vino un martes a las diez de la mañana y poner la música a todo trapo, hazlo. Si te apetece mandar a la mierda a quien te mira como si fueras de otro Planeta, ¿por qué no? Te van a mirar igual de mal hagas lo que hagas…

La vida es mucho más que pensar en quién tienes al lado y dónde estás. La vida es saber que quien está a tu lado lo estará pase lo que pase y que no importa dónde vayas porque siempre los llevarás contigo. Nadie encaja con nada y ésa es la gracia.

Todo es cuestión de saber emborrachar a ese “algo” que te dice que no, y sacarlo a bailar contigo. ¡Chin-chin!


¡Pasta la vista, babies!💋

Lai


miércoles, 19 de abril de 2017

"Sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón"


Oh, el Verano… con sus días más largos, sus noches más largas… su Sol, tu piel abrasada y pelándose mientras te mientes a ti mismo diciendo que todo lo rojo luego será moreno californiano… playa, piscina, cerveza, fiesta…

Te mueres de ganas de oficiar la estación del año que más se disfruta por la mayoría, te imaginas en la playa, tomando el Sol, corriendo a cámara lenta hacia el mar… hasta que te pruebas el bañador por primera vez.

Y te deprimes.

Porque las cosas siempre son así. Porque piensas que tienes todo el tiempo del mundo para ponerte cañón y porque te prometes a ti mismo que no te vas a apalancar como el año anterior. Pero te vuelve a pasar lo mismo. Y Semana Santa no ayuda.

Empiezas a planear tu vida desde el día de hoy hasta que comienza a aparecer el anuncio de Estrella Damm por la Tele con comida extremadamente saludable y Killer Cardio Workouts by Kayla Itsines sin darte cuenta de que toda la dieta que estás maquinando en tu cabeza la vas a acabar a las tres de la mañana de hoy con los últimos huevos de chocolate que quedan por casa.

Así que Stop. Vamos por partes.

Se dice que un 70% de nuestra salud física se basa en la alimentación, mientras que sólo el 30% va destinado al ejercicio. No vas a ir a ningún lado si te pasas una tarde entera en el gimnasio y luego te cascas un McMenú McGistral con una hamburguesa de ternera de 3 kilos y todos los ingredientes congelados del mundo y más.

En la entrada “Cómo perdí 20kg en una semana” hablo de cómo mantener una alimentación balanceada sin morir de anemia en el intento.  De cinco a seis comidas al día, pequeñas porciones, sin evitar ninguno de los tres macronutrientes.

 Por otro lado, aunque el ejercicio constituya una mínima parte de todo el esfuerzo y sea – créeme - la parte más fácil de las dos, es un qué muy importante, no sólo para que a las Kardashian se les revienten las prótesis de silicona de la envidia por tener un mejor cuerpo que ellas sin tener que pasar por quirófano, sino también para mantener nuestro cuerpo funcionando como debería.

¿Cómo entrenar, pues? Al igual que con la alimentación, a la hora de hacer ejercicio también se debe llevar un balance. ¿Verdad que no soportarías comer lechuga cada día a todas horas? Nuestro cuerpo no podría aguantar una rutina de ejercicio cardiovascular diaria tampoco.

Hay que darle una oportunidad a las pesas. No, no te vas a poner enorme. Si fuera tan fácil el Bodybuilding no tendría sentido. Y lo tiene. Créeme que lo tiene.

Tanto si lo que buscas es tonificar como quemar grasa, todo lo que lleve un peso adicional es tu mejor aliado, ya que eso va a ayudar que tu músculo crezca y, a su vez, hará que el metabolismo se mantenga acelerado incluso después del entrenamiento (y que por lo tanto sigas quemando calorías horas después de haber entrenado).

El cardio sigue siendo brutal para la quema de grasa, no nos confundamos, pero éste solo consigue acelerar el metabolismo durante la práctica del ejercicio y, si nos excedemos, también consigue la pérdida del músculo. Y eso no lo queremos.

Desde la voz de la experiencia, recomiendo muchísimo un entrenamiento cardiovascular llamado HIIT (High Intensity Interval Training), que trata de una rutina de ejercicios basada en intervalos de alta intensidad con algunos segundos de descanso entre cada uno.

El beneficio de este tipo de entrenamiento es que, en tan solo 20 minutos de ejercicio, se pueden llegar a quemar incluso más calorías que en un cardio moderado de unos 45 y que sigamos quemando grasa hasta 48 horas después. Sí, sí. Como lo oyes.

Esto es gracias a que sometemos a nuestro cuerpo a una intensidad de entre un 80-90% de nuestra capacidad durante el intervalo de alta intensidad y lo dejamos “reposar” a un 60% - aprox.- durante el intervalo de descanso. Sin embargo, en un cardio normal, la capacidad que ofrecemos es un 70% constante, cosa que hace que el cuerpo se acostumbre, nos aburramos y dejemos de prestar atención a lo que hacemos.

Otro de los beneficios que tiene el HIIT es que puede combinarse con las pesas y, si tuvieras problemas con hacer ejercicio durante la semana y tu tiempo sólo te permite entrenar tres días, por ejemplo, lo único que debes buscar son 20 minutos de ellos. Adelgazar sin perder músculo. Brutal, ¿eh?

¿Que no tienes problema con el ejercicio a diario? Llena la semana como a ti te guste, teniendo siempre en cuenta que no se puede entrenar dos días seguidos el mismo músculo y que no se deben hacer dos rutinas HIIT seguidas.
Si lo que buscas es ganar resistencia y levantar nalgas ejercítalas 2 días a la semana: Lunes y miércoles (rutinas con pesas - sentadillas, zancadas, deadlifts..., y unos minutos de salto a la comba, p.e.)

Y los otros tres días de la semana una rutina HIIT con otro grupo muscular que no sean las piernas: Martes rutina HIIT y abdominales, jueves rutina HIIT y brazos y sábado otra rutina HIIT con, por ejemplo, un estiramiento algo más largo que los que realizas después de cada entrenamiento.

Tómate los otros dos días para descansar. ¡El músculo crece en reposo!

Aquí te dejo un ejemplo de rutinas HIIT para que te hagas un poquito a la idea.


Es duro, vas a sudar y va a doler, pero como Muhammad Ali una vez dijo: “Odié cada minuto de entrenamiento pero dije ‘no renuncies. Sufre ahora y vive el resto de tu vida como un campeón’”. Todo está en ti.

¡Pasta la vista, babies!💋


Lai



Si hay cositas que no han quedado claras, mi mail está en la descripción, ¡¡¡no te cortes!!!


miércoles, 12 de abril de 2017

Cómo construir un recuerdo y otros errores


Querría empezar esta entrada hablándote sobre mi plan de cena del otro día: nunca descongelo el pollo a tiempo y siempre acabo dándole un toque de deshielo en el microondas – cosa que dicen que es malo porque el valor nutritivo del alimento se va igual de fugaz que las Vitaminas del zumo de naranja si lo dejas reposar más de un segundo en la mesa, según todas las madres del mundo.

Ese día fue distinto. Saqué el pollo del congelador cuatro horas antes de la cena, preparé todo lo que necesitaba para tenerlo listo – incluso medí las porciones para que me cuadrara con los macronutrientes - porque iba a ser una cena épicamente sana y a la vez brutalmente deliciosa.

Acabé un entreno perfecto, de esos por los que merece la pena vivir y al abrir la nevera, la vi. Tan bonita. Tan brillante. Con ese tarrito de cristal tan estético. Ese color y cremosidad que tanto la caracteriza y ese olor que sin necesidad de destaparla se siente, porque tu corazón recuerda su sabor…

Nutella.

Aparté el pollo, cogí una cuchara y me pegué el festín de mi vida.  

¿Me arrepiento de ello? Sí. ¿Lo volvería hacer? Oh, sí. Después de repelar el fondo de lo que una vez después de pasar por el lavaplatos iba a ser un nuevo vaso en la vajilla, mi estómago no agradeció mucho que dejara el pollo en la nevera muerto del asco, pero oye, la culpa es del estúpido colon, que no funciona como debería.

Lo que vengo a decir con esto es que si sientes que lo necesitas, hazlo. Reprimirse es cosa de amargados y te va a hacer infeliz.

Como he dicho ahí arriba, tengo una App que me mide los macronutrientes que ingiero en un día para mantener un control más exacto de lo que me llevo a la boca (ya hablaré de esto más adelante), pero eso no quita que me reprima y me castigue cada vez que se vaya la dieta un poco de las manos – un poco viene a ser lo mismo que cenar Nutella y de postre helado, para que nos entendamos.

Bajarse del tren -de forma moderada - es incluso recomendable para aquellas personas que lo que busquen es perder peso sin perder también la cabeza. Todos sabemos que es muy difícil vivir sin lo que más quieres en el mundo.

Esto es algo que también fácilmente se puede aplicar al día a día. Muchas veces nos vemos obligados y reprimidos a actuar acorde con lo que los demás esperan o en función a lo que “todo el mundo” hace. Vivimos con el miedo a ser excluidos y eso no está bien.

Desde que era pequeña viví sin voz porque temía que lo que pudiera llegar a decir no fuera lo suficientemente importante como para ser escuchado o simplemente por la cantidad de represalias que a ello pudiera conducir. Incluso también porque estaba demasiado acostumbrada a ellas como para que cayeran más. Yo creo que lo de los pingüinos de la película de Madagascar lo escribieron en mi honor. “Sonreíd y saludad, chicos, sonreíd y saludad”.

Siempre he creído que lo que nos hace viejos no es el paso de los años, sino todo lo que hemos vivido y todo por lo que hemos aprendido. Hay gente mayor que no recuerda la edad que tiene pero sí aquello que pasó cuando tenía trece años y que le enseñó algo que nunca jamás llegó a olvidar. Somos una caja de recuerdos andantes y eso es lo que nos hace especialmente humanos.

Las mejores anécdotas que tenemos están basadas en errores y en cosas que no deberían habernos pasado – al menos no tan jóvenes -, pero que a la larga se convierten en una de las mejores batallas, lecciones, o ambas. Creemos que el tiempo no lo cura todo porque no paramos de medirlo. No paramos de contar el tiempo que pasó desde la desgracia y no paramos de pensar que aún después de tanto tiempo no hemos pasado página. Nos olvidamos de vivir con ello y aceptarlo, sin pensar que serán cosas que uno no va a olvidar en la vida.

Por eso haz lo que te dé la gana. Habla, saca tu voz, ¡critica, joder, que sienta demasiado bien!

¿Quién sabe si el tarro de Nutella va seguir ahí cuando te decantes por el pollo y después te arrepientas?

¡Pasta la vista, babies!💋



Lai


miércoles, 5 de abril de 2017

El lado bueno de las decepciones


Más que buscar el motivo por el cual nos sentimos como el culo, lo que solemos hacer es echarle la culpa a la Primavera… o al que tenemos al lado, delante, detrás o incluso arriba en el cielo – para luego ir a rezarle, pensando que si así lo hacemos, nuestros problemas se disolverán cual mantequilla en el microondas-.
Si aprobamos, somos unos cracks, pero si suspendemos es por el cabrón del profesor, que nos tiene manía.

Pues no. Las cosas no van así. Al menos ya no.

La vida es como un juego: por un lado, tienes la versión de prueba donde no pagas nada y todo es como muy fácil. Si la cagas tienes vidas indefinidas que te salvan cada vez y te dejan volverlo a intentar.

Y luego viene el nivel 18. El nivel en el que te enganchas. Cuando el Sim que te has creado se enamora y necesitas saber qué pasa. Ahí es cuando te hacen pagar. Pero lo que no sabes es que se va a poner difícil de cojones y solo te van a dar tres vidas, y que cuando las pierdas, o bien te vas al hoyo, a la cárcel o a Alcohólicos Anónimos.

Y ya no vale el “yo no he sido”.

Parte de nuestras decepciones derivan de poner nuestro muerto en la espalda de otros. Esperamos que los demás hagan cosas por nosotros que ni siquiera nosotros mismos haríamos y dejamos escapar oportunidades increíbles por un simple “error” de actitud, oportunidades que solo pasan una vez en la vida.

Y quien dice oportunidades, dice personas.

Y ahora me dirás: “Esto es cosa de las películas, que hacen que te llenes la cabeza de pájaros”. 
Lo que decía. La culpa a los demás.

Los amores de película, pueden o no pueden existir pero, ¿a ti qué más te da? Mientras tengas a alguien a tu lado que se muera por verte, que confíe en ti y te quiera a pesar de tus gilipolleces, ¿qué más quieres?

Y por no hablar sólo de novi@s, hablemos de los amig@s. Que se quiten las aventuras locas de las películas con “amigos” cuando estos no están a la altura cuando se les necesita de verdad.

Creemos que un amigo es alguien que se sienta con nosotros toda la tarde y escucha todo lo que decimos y cómo culpamos a los demás por la cantidad de decepciones que nos causan, pero el verdadero trabajo de un amigo de verdad es el de después. El de, aún hablarle de todas las cosas que nos preocupan, haberle sonreído y haberle dicho “pero en fin, todo bien”, que nos lleven a comprar nuestro helado favorito, lo fusionen con nuestra película y manta favorita y hagan para nosotros el mejor plan de sábado del mundo. Por mucho que se quieran ir de fiesta.

Es cierto que, de alguna manera, es muy complicado dejar nuestros valores de lado para abrir paso al entendimiento de los valores del otro y que, cuando una persona hace algo que no entra dentro de nuestra forma de percibir el mundo, nos decepcionamos y sentimos que hay cosas que después de lo sucedido, ya no van a volver a ser como antes.

Pero amigo mío, las cosas son así. La persona que fuiste la primera vez que conociste a alguien no es la misma que viste tu piel a día de hoy, y tal vez las cosas que antes veías aceptables, son ahora el verdadero significado del caos. Y tal vez ya no encajéis. Y tal vez aquí se acaba la historia.

Y la vida sigue.

Esa es la gracia, ¿no? Evolucionar, como los Pokémon. Ser diferentes, dejarnos contagiar por la experiencia y crecer. Madurar. Ser conscientes de que los actos traen consecuencias y que las personas son difíciles y la vida complicada.

El único trabajo que nos queda por hacer es saber escoger con quien complicárnosla para que, a su vez, todo sea más sencillo.

¡Pasta la vista, babies!💋

Lai


PD. No es por daros envidia y eso, pero yo he encontrado ya a mis personas y gracias a ellas vuelvo a creer en la magia.